jueves, 27 de junio de 2013

La importancia del tiempo

 

El tiempo, y no el metereológico sino el que mide nuestras vidas, debería ser un elemento muy a tener en cuenta siempre por el conjunto de la izquierda, la política y la social.
 
Y es que se trata no sólo de ¿qué hacer?, sino sobre todo de cuando hacerlo.
 
Dicha importancia es aún mayor aquí y ahora, en el estado español en el 2013. En estos momentos, la crisis económica unida al fin de un ciclo político, hace que confluyan demandas de medidas urgentes con necesidades de cambio a medio y largo plazo.
 
Es lógico que para muchos de los individuos y colectivos que participaron en el 15M su apuesta sea a largo plazo, por que los cambios que creen necesarios no pueden producirse en lo inmediato.
 
También lo es, por otra parte, que muchas de las direcciones de la fraccionada izquierda, tanto la organizada en partidos, como la de los movimientos sociales verticales u horizontales, consideren que este puede ser un momento de clarificación ideológica y por lo tanto primen el refuerzo de su propia alternativa. Sin embargo los tiempos sociales, los que vienen determinados por las necesidades de la mayoría, tienen su propia autonomía, no esperan a que las revoluciones maduren.
 
La falta de un empleo, la ausencia de perspectivas de tenerlo, la amenaza de los desahucios, la disminución,  muchas veces radical, de ingresos marcan la realidad de cada vez más gente.
 
¿Cuánto tiempo puede aguantar una persona en condiciones de inseguridad laboral y social cada vez mayores?
 
¿Cuánto tiempo puede soportar una sociedad su propia fractura por la desigualdad y la insolidaridad?
 
No mucho, las personas, las sociedades buscan instintivamente solucionar sus problemas lo antes posible. Y esta es una realidad que no puede ser ni ignorada ni ser desatendida  por la izquierda social y política.
 
No puede serlo porque la identidad de las izquierdas viene definida por su capacidad de ser parte, de estar integrada en esa mayoría social que quiere representar, y ello conlleva el ser la primera en detectar los problemas sociales, analizarlos, explicarlos pedagógicamente y ofrecer alternativas, algunas, a medio y largo plazo, pero otras ya. Estas no pueden ser la solución definitiva, pero han de actuar contra la angustia social al tiempo que favorezcan la cohesión y la solidaridad popular. Si no es así, la historia, y el mismo presente en otras latitudes, nos enseña que contra más apremiantes sean las necesidades, más peligro hay de que sean derivadas hacia falsas salidas.
 
El ascenso de la ultraderecha o de caudillismos a la europea son una clara señal de aviso. Lo de que cuanto peor estén las cosas mejor para las opciones más “radicales” siempre ha sido un autoengaño infantil que ha acabado en tragedia.
 
 
Realista y eficaz
 
 
Nuestra sociedad necesita un cambio radical y progresista de modelo productivo, un cambio de paradigma de valores sociales y económicos  que ha de estar acompañado forzosamente por la  regeneración tanto de la práctica política como de los mecanismos e instituciones de la democracia.
 
Son cambios de calado, pero posibles y que serán más probables a medida que las elites especulativas, las tecnocracias y sus gobiernos sean aislados, a medida que la mayoría social se reconozca y actúe como tal. Es un proceso de respuesta pero también de afirmación, la protesta ha de ir acompañada de victorias que permitan variar la actual correlación de fuerzas. Por que lo que se ha de conseguir a no mucho tardar fuerza para neutralizar el poder que hoy ejerce despóticamente la alianza entre la mayoría absoluta del PP y el poder no democrático de la Comisión Europea.
 
Para avanzar en esa dirección se ha de conseguir objetivos claros, con carga social y repercusión pedagógica, accesibles a corto y medio plazo y con los que la mayoría social se identifique: la vivienda, las preferentes, la subsistencia, la salud, la educación, los ayuntamientos, más y mejor empleo.
 
Todo ello ha de ser englobado en una propuesta que construya la unidad desde la diversidad existente.
  
La derecha gobernante sabe que nada es irreversible y  que la involución radical a que somete a nuestra sociedad tampoco lo es, pero también es consciente de que no sólo quién pega primero pega dos veces, sino que si al adversario no se le da respiro su capacidad de respuesta se reduce drásticamente. Además cuenta con el colchón que le proporciona una democracia débil y la ausencia de una alternativa electoral que amenace su hegemonía.
 
La izquierda política y social debe luchar contra el tiempo, y debe hacerlo partiendo de una situación de debilidad atestiguada por su propia dispersión. Pero puede hacerlo si es realista y eficaz, si se centra en la consecución de los objetivos prioritarios para la mayoría social y lo hace unitariamente.
 
Sólo de esta forma ganará la credibilidad y fuerza suficiente para parar la actual ofensiva reaccionaria y empezar a construir una nueva hegemonía social.
 
Pepe Gálvez    

martes, 18 de junio de 2013

No soy clase media , ni ganas


No me siento miembro de las clases medias, no me da la gana.

No vivo en un hipotético territorio intermedio sociológico, soy currante y me pagan por mi trabajo, como a muchos otros, como a la mayoría de la sociedad.

Durante muchos años la ideología dominante ha vendido, con gran éxito de público, una visión de la sociedad en la que el trabajo ha estado ausente. Cambiaron el nombre de las cosas y de las clases para ocultar su identidad, para ayudar a desactivar el conflicto social. El crecimiento económico ayudó, nos definíamos más por lo que consumíamos, por nuestra capacidad adquisitiva,  que por el origen de nuestras rentas.

Es cierto que en ese periodo ha funcionado el ascensor social,o parecía hacerlo, porque la crisis lo ha averiado y no hay forma de arreglarlo.

Esa creencia en una nueva identidad social está en el origen de la actitud de buena parte de los "opinadores". 

No es casual que la gran mayoría de tertulianos y articulistas tengan fobia al conflicto social y a los sindicatos, y es que ambos les recuerdan la falsedad de su satus social y la existencia de una realidad que no se puede ocultar.

La gran mayoría somos curritos, pertenecemos al bloque asalariado, un bloque abierto y plural pero que tiene en común el vivir del propio trabajo y en el que las verdaderas alternativas y soluciones solo pueden ser colectivas.

Son tiempos de solidaridad.