domingo, 9 de febrero de 2014

EL ALTO PRECIO DE ENTRAR EN EUROPA




Quince personas han muerto por entrar en Europa, por entrar en España. Esas personas, tenían un nombre, unos recuerdos, una infancia, una familia y unos amigos que les ayudaron económicamente para el gran viaje, tenían un objetivo: llegar al primer mundo, acceder a la vida que la televisión, difundida por las antenas parabólicas, les ha mostrado. En el imaginario neoliberal que glorifica la emprendedudiría, ellos deberían ser enaltecidos por su capacidad de arriesgarse, su voluntad de cambio y su ambición. Pero  por el contrario, se les ha condenado a muerte. Y es que hay emprendedores y emprendedores.
¿Qué sintieron antes de entrar en el agua?, ¿Que pensaron  al sentir desfallecer las fuerzas, al verse acorralados por el cansancio,  el hostigamiento y el agua?. Para lanzarse a ese intento tan arriesgado ha de pesar mucho la desesperación, mucho más que la ilusión. ¿Cuantas esperanzas se habían quemado en el largo y depredador viaje, cuantas se habían consumido en esperas interminables?.
En las ferias de mi infancia y adolescencia había una atracción tan sencilla como efectiva: la caseta de los espejos; paseando por ella veías tu imagen deformada a lo ancho, lo largo, lo estrecho, lo bajo. Hay noticias que, como aquellos cristales, al mirarnos en ellos nos muestran nuestra imagen la distorsionada por egoísmos, miedos, insolidaridades… , sólo que esta es la verdadera.
Que quince personas mueran, que se extingan quince vidas, por entrar en España y que esa masacre no se convierta en un escándalo social dice mucho, y nada bueno, de nosotros. Esa catástrofe humana, precedida por la barbarie de las concertinas, es el espejo que nos muestra una sociedad que, sometida a las turbulencias de la globalización de la desigualdad y de la crisis, cada vez muestra más comportamientos tribales.
Vivimos en una época muy contradictoria: somos parte de ese Sur despilfarrador e indolente que dibuja la mezquina ideología merkeliana y al mismo tiempo somos una de las puertas de Europa y actuamos como guardianes de ese paraíso que perdemos poco a poco. Por otra parte empresas de la marca España, de origen público y estrategias de especulación privada colonizan económicamente sociedades que nos envían mano de obra a la que acusamos de quitar el trabajo a nuestros curritos indígenas.
Las grandes manifestaciones contra el racismo hace años que pasaron a la historia, el aluvión inmigratorio tuvo como respuesta el crecimiento de la xenofobia entre nosotros. Los damnificados de la desigualdad se enfrentaron entre sí, indígenas marginados de nuestro crecimiento contra recién llegados: Mientras crecía el desprecio etnocentrista hacía otras culturas unido a la aversión del nuevo rico a la pobreza.
El problema de la inmigración no es sencillo, ni de fácil solución. Entre otras cosas, porque es un fenómeno que se origina y desarrolla por condicionantes internacionales pero cuyas manifestaciones más inmediatas son nacionales cuando no locales. Pero sólo podemos encararlo desde la base de la denuncia y la reducción de la desigualdad por un lado y por otro desde la solidaridad de clase, desde el sentimiento de fraternidad hacia las personas. La riqueza de una sociedad, la verdadera, se mide por tratar como iguales en derechos a personas diferentes, y en esto también nos estamos empobreciendo alarmantemente.
Esta sociedad debería escribir la biografía de esas quince personas, darles nombres, rostros, emociones, sentimientos; recrear el origen el desarrollo y el horrible final de su viaje. Esta sociedad les debe el rescate de su memoria, el respeto a su sueño, la responsabilidad de su muerte.
Pepe Gálvez