martes, 12 de mayo de 2015

LA CRISIS CON MIEDO ENTRA




Parece que el terror, siempre que se ejerza con frialdad, con la suficiente intensidad y con la máxima brutalidad, produce, en la colectividad castigada , una abyecta conformidad, un sentimiento de gratitud degradante por parte de aquellos miembros de la comunidad que hayan conseguido escapar al castigo.

El terror es como una gangrena que nos desgarra a todos. A los verdugos los hace sádicos, a las víctimas las hace pasivas, a los espectadores nos hace cómplices.


Hay un aspecto de las políticas de falsa austeridad, o austericidio, del que se habla muy poco: es el de la difusión masiva del virus del miedo entre la ciudadanía de a pie la que no tiene cuentas extraordinarias en paraísos fiscales o SISCAVS, la que sólo cuenta con sus derechos como garantía de una vida decente. 

Hay miedo a la miseria,  a la pobreza, a la inseguridad, la marginación. El miedo que nace de perder de golpe o ver amenazadas las bases de la seguridad cotidiana: trabajo, ingresos, salud, vivienda, atención a tus hijos o a tus mayores. 

El miedo a que te despidan, a no encontrar trabajo, a no poder pagar tus créditos o tus deudas, a que no te atiendan debidamente a ti o a los tuyos en una enfermedad grave, a no tener donde vivir, a que tus hijos pasen hambre y privaciones a la degradación física y anímica de tus familiares mayores.

El miedo es un arma psicológica de efectos muy seguros y nocivos y nuestra sociedad sabe mucho de eso. Nuestra sociedad fue víctima de un tratamiento salvaje de terror del que aún quedan secuelas.  

Las palabras que encabezan este post las pronuncia un personaje de la muy recomendable novela gráfica "Un medico novato", de Sento Novell, realizada  sobre las memorias del doctor Pablo Uriel, de sus vivencias en Zaragoza en los primeros meses de la insurrección fascista..



Aquel terror nació de una acción brutal pero meditada fríamente, destinada a dominar una sociedad y a eliminar su posibilidad de respuesta.  

Ahora la situación es muy diferente: no hay guerra, no hay represión armada, no hay encarcelamientos ni asesinatos masivos, no hay supresión física de la libertad; sin embargo también hay similitudes en los objetivos de dominio y de la búsqueda de la sumisión ciudadana, en la actuación contundente y en la defensa de una desigualdad cada vez más monstruosa.

El miedo se asienta cuando se legitima el abuso de poder de la minoría y la indefensión de la mayoría.  

La tremenda desigualdad que vivimos  nos remite a una escena de la película El tercer hombre. En ella, en lo más alto de una gran noria de un parque de atracciones de la Viena posterior a la IIª Guerra Mundial, el personaje representado por Orson Welles ve a las personas que está abajo como hormigas a las que puede hacer daño sin sentir remordimientos.

Cuando la desigualdad es brutal, como la fue antes de la Iª Guerra Mundial y en el periodo entre guerras, como lo va siendo ahora, los que están arriba, muy arriba socialmente,  nos ven como hormigas y no les afecta el sufrimiento que,  a través de otros, nos infringen por que además gozan, hasta ahora, de impunidad. Sus crímenes sólo los pagan sus víctimas.

Para combatir el miedo primero hay que reconocer su existencia, sus causas y sus consecuencias. Contra el miedo hay que levantar palabras y hechos, solidaridad concreta y propuestas creíbles, movilización y sobre todo organización, por que la organización solidaria es la mejor vacuna contra el miedo. En ello estamos.

Pepe Gálvez

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