lunes, 30 de junio de 2014

Cuando los esquiroles defienden los derechos de los trabajadores, la democracia salta por la ventana.



Algo huele a podrido en el Reino de España cuando se persigue judicialmente  y se empieza a encarcelar a centenares de sindicalistas acusados de atentar contra los derechos de los trabajadores por promover una huelga. La confluencia de procesos y la entidad de las penas demandadas y, en algunos casos, aplicadas dejan claro que existe una actuación general  de carácter represivo.

 El catedrático de derecho del trabajo  Antonio Baylos en su artículo  "No se regula la huelga desde el código penal"  http://blogs.publico.es/dominiopublico/10401/no-se-regula-la-huelga-desde-el-codigo-penal/ , explica las insuficiencias y zonas obscuras del Código Penal sobre las que se basa la actual campaña, así como el carácter democrático del derecho de huelga como legítimo acto de insubordinación colectiva.

Esto último es un elemento ideológico clave en el que hay que insistir ya que la huelga es un conflicto entre desiguales que surge, no por capricho de los más débiles, sino como una estrategia para neutralizar medidas impuestas desde la prepotencia de la propiedad o del abuso del gobierno político.

La huelga no es un conflicto individual en el que se dirime los intereses particulares de cada uno de los que participan en él, sino un conflicto entre dos partes en el que se debaten intereses y derechos colectivos.

Desde una perspectiva democrática el poder del empresario, que de por sí tiende mayoritariamente a ser absoluto, tiene que ser equilibrado por medidas de presión que le obliguen a negociar, a reconocer los derechos de los trabajadores.

La huelga es una de esas medidas y su convocatoria y realización implica tensión y enfrentamientos colectivos y personales. Ahora bien, la tensión  no suele nacer de los convocantes, sino de la resistencia y reacción de los empresarios o de los gobiernos que no aceptan la posible pérdida de poder.  


Por ello, el esquirol puede tener muchos motivos para su actuación: desde el convencimiento ideológico hasta el mayoritario miedo pasando por la confusión, el servilismo  y el egoísmo, pero no deja de ser en ese momento un colaborador del poderoso y un insolidario con los que defienden sus propios intereses. 

Por ello, tanto la redacción del código penal como el afán con el que se dedican a aplicarlo responden a una visión antidemocrática en clara sintonía con el espíritu de las contrarreformas laborales. 

Por ello, la regeneración democrática que reclamamos para esta sociedad debe manifestarse en solidaridad con los perseguidos y en presión para que el Código Penal deje de ser un instrumento de represión sindical.   

lunes, 16 de junio de 2014

La realidad no es como nos la relatan

¿Cuántas películas, series de televisión, novelas, realitys, canciones, historietas, habéis visto o leído que traten del trabajo y de las relaciones laborales? 
¿Cuántas,  en las que aparezcan ejecutivos, empresarios, financieros? 
¿ En cuantas de estas obras se  refleja la capacidad de crear riqueza del trabajo?
¿ En cuantas de estas se da por supuesto que el dinero crea riqueza?

La respuesta a esas preguntas también contesta a esta otra: ¿ Influye la cultura en el conflicto social, en las relaciones laborales, en el sindicalismo?.

La cultura se crea alrededor del arte, el entretenimiento y la diversión que son también tres campos de batalla.

La belleza ha sido siempre un privilegio de los poderosos de los que han podido pagar por hacer suyas las obras de las personas que a través de las formas, los colores, el dibujo, la música han buscado acercarse a la belleza, han buscado plasmar emociones, sentimientos, imaginar las múltiples caras de la vida.

Uno de los grandes avances de la democracia, de la reivindicación popular y del compromiso de muchos artistas, ha sido el extender el disfrute de la belleza al conjunto de la sociedad. 

Pero la literatura, el teatro, la escultura, la pintura, la música, la danza, la fotografía, el cine, la historieta no sólo recrean diferentes formas de belleza para nuestros sentidos y nuestra mente, sino también recrean para los que la reciben formas de ver aspectos a veces parciales a veces integrales de la sociedad. A través de la cultura de masas la mayoría de la sociedad recibe una visión no sólo de si misma sino del mundo, de lo global que no se corresponde con la realidad sino con una determinada interpretación  de la realidad.

Ahora volvemos a las preguntas del inicio de este escrito y a ampliarlas.
¿ Por qué nos son más familiares los dramas y las comedias de los habitantes de los ángeles, New York y Chicago que los de los vecinos de Valencia, Burgos o Cáceres? 
¿ Por qué las series y culebrones no nos han contado nada de la vida de las trabajadoras de la maquilas centroamericanas,  de las obreras de Bangla Desh o de los mineros turcos? 
¿ Por qué los juegos son de tronos y no de sillas, que pasa con los soldados , labradores, artesanos. Quienes son las victimas de los aqueos, asesinatos y violaciones?.  
¿ Por qué la desigualdad, la puerta giratoria, la corrupción legal… apenas existen en los productos de la industria cultural?

El trabajo, los valores del mundo del trabajo: Creatividad, solidaridad, crítica, acción colectiva… han sido marginados o desprestigiados. Y eso explica en buena parte aislamientos sociales y falta de respuesta ciudadana cuando el sindicalismo y lo que representa son atacados.

La visión de la realidad que recibimos, que poco a poco cala en nuestro disco duro esta deformada, manipulada, amputada de los hechos, sentimientos, deseos de una parte de la sociedad y saturada de los de otra. Los valores de los y las millones de currantes, son ninguneados

A través de esa manipulación cultural aprendemos a negarnos a nosotros mismos y a creernos parte de esa realidad que nos suele llegar a través de la pequeña pantalla.  Con ello además renunciamos a imaginar otra realidad, nos neutralizamos como fuente de cambios, nos negamos la posibilidad de mejorar como colectivo.   

Pepe Gálvez

Si prefieres leer el post en catalán, pincha aquí (pag. 11)