lunes, 14 de septiembre de 2015

El transformista antes conocido como Artur Más

Fue mi primera lección sobre la lucha de clases, me la dio el hermano de mi padre hace muchos, muchos años y no la he olvidado porque sigue teniendo vigencia: No hay peor tonto que un pobre de derechas. Como esta crisis ha empobrecido y amenaza con seguir empobreciendo a todas las personas que viven de su trabajo y no del de los demás, creo que sus palabras se pueden aplicar al conjunto de los currantes: No hay peor tonto que un currante de derechas. Quizás sea por ello que en la última encuesta del CIS en Catalunya un 43,3% de los encuestados se ubican a sí mismos en el espectro más a la izquierda. Y como ese porcentaje sobrepasa en mucho las expectativas de Catalunya si que es pot y la CUP, es lógico concluir que hay una alto porcentaje de confusión o que hay mucha derecha que se camufla, que disimula su condición, o las dos cosas. Confusión y fenómeno transformista que sin duda se ven favorecidos por la polarización alrededor del tema nacional.  Los tambores mediáticos y de las redes cercanos a los gobiernos del PP y de CiU,  al poder financiero, a Ciudadanos que se olvidan de los derechos sociales y a caducos dirigentes de un socialismo que nunca fue insisten en la cuestión nacional como no sólo la principal sino casi la única a dirimir en estos comicios. Y ya anuncian tanto Más como el PP., descubriendo su juego, su intención de convertirlo también en el “leit motiv” de las próximas legislativas. Y es que saben, o creen saber, que ese terreno es el único que les posibilita conservar el protagonismo político y la hegemonía electoral en momentos de progresiva contestación social y política.
La hegemonía del ruido
Sin duda hay contradicciones entre el PP y Convergencia, pero no es sobre el modelo socio económico ni sobre como salir de la crisis: han votado juntos 15 leyes claves, con el apoyo activo o pasivo de Ciudadanos no olvidemos. Por otra parte, y es muy significativo cuando se habla de soberanía, tampoco discrepan sobre el modelo de relaciones internacionales, los tres defienden con pasión el TTIP y compiten por mostrar signos de vasallaje al poder alemán. De modo que si esas tres fuerzas políticas, así como buena parte del PSOE, coinciden en lo esencial, luego las divergencias son secundarias aunque tengan mucha importancia en clave de disputa entre élites políticas o entre sectores de la burguesía. Por eso es lógico que haya mucho ruido en la campaña catalana, está concebida para que el ruido la domine desde el principio, el ruido a favor y en contra de una independencia que nadie explica seriamente como se conseguirá. La disputa de la hegemonía se realiza mediante el ruido, con él se quiere entusiasmar a los propios, amedrentar al adversario y confundir al resto.
La operación quirúrgica de Convergència
A la confusión que genera el efecto polarización nacional, hay que añadir una curiosa operación de transformismo por medio de la cual Más ha conseguido irradiar a una buena parte de la sociedad catalana una fuerte amnesia tanto sobre sus actos de gobierno como de su claro sentido derechista. Hay que señalar que no todo se debe a la habilidad travestistica de Artur Más, sino que las torpezas del ala centralista del PSOE, el PP y el gobierno de Mariano Rajoy  han puesto mucho de su parte. Han colaborado con su casposa y reaccionaria visión de España, que  ha demostrado ser una eficaz fábrica de independentistas. Además, en su ilimitada generosidad, con sus amenazas al actual President de la Generalitat le han regalado un aura de perseguido, que viste mucho. De esta forma y con la inestimable ayuda del Gobierno de Rajoy, Ciudadanos y  otros extras además de la dinámica, nada nueva, de acción-reacción neoliberales recalcitrantes se disfrazan de progresismo y se oculta bajo la alfombra la corrupción arraigada en la derecha catalanista.
Sin embargo la propuesta electoral de Convergencia, ahora transmutada en Junts pel si con ERC en papel de secundario, mantiene sus esencias derechistas y, maquillajes aparte, subordina la reivindicación social a la nacional. Su eje vertebrador es el principio de que la independencia solucionará todos los problemas actuales, obviando, u ocultando, la gravedad del conflicto social y las causas que lo originan. Dicha creencia quiere apoyarse económicamente en la existencia del  supuesto expolio perpetrado  por el estado español a través de las balanzas fiscales o sea de la diferencia entre lo que se aporta y se recibe anualmente del conjunto del Estado. Los números fueron manipulados y más tarde ha sido ampliamente desmentidos, de los supuestos 16.000 millones se han pasado a 3.228 según el mismo Mas-Colell, pero sirvieron, sirven aún, para argumentar que con ese dinero todo solucionado. Hay que señalar que esta línea de argumentación está emparentada con un anterior slogan electoral de Convergencia: La España subsidiada vive a costa de la Catalunya productiva. Muy de izquierdas este pensamiento no es, no, pero como comentaba Joan Coscubiela en un tweet: Es curiosa la lucha anticapitalista de algunos, lo combaten a nivel global y español, pero cuando se trata de Catalunya declaren el armisticio. Así se da  el caso como poco curioso de que en la última encuesta del CIS sólo entre los votantes de CiU y las CUP hay más personas que creen que la situación en Catalunya es más positiva que negativa, o de que el 42,2% de los encuestados votantes de Esquerra hablan de "muy buena o buena" gestión de la Generalitat entre 2012 y 2015 frente al 11,3% que la califican de "mala o muy mala".
La prueba del algodón de la izquierda         
Ante esta conjunción de transformismo y confusión, la primera prueba del algodón de la izquierda sigue siendo la centralidad del conflicto social: propuestas concretas para actuar urgentemente contra la precarización laboral, el empobrecimiento, por la recuperación y desarrollo de derechos sociales. Son medidas perfectamente asumibles en el ámbito catalán y que conectan con cambios más profundos a nivel estatal y sobre todo europeo.
La segunda prueba del algodón es la calidad de la democracia, frenar su degradación; reconocer y hacer efectivo el derecho a estar informados sobre lo que sucede en el ámbito de lo público, limitar la capacidad de intervención de los lobbies empresariales, articular la capacidad de propuesta, intervención y control tanto a nivel individual como colectivo, castigar duramente al corrupto y al corrompido, recuperar la memoria de la lucha contra la dictadura…
Esos dos ejes, el social y el democrático marcan el sesgo diferenciador de la izquierda en el reconocimiento de Catalunya como nación y su relación con España. Sin soberanía social y sin una ampliación continua de la democracia la soberanía política es ficticia,
A diferencia de las derechas que viven del enconamiento, la izquierda necesita y quiere una solución al problema nacional. Una solución no unilateral, porque lo que no puede ser no puede ser y además es imposible y porque o se enmarca en un cambio a nivel de todo el estado o será parcial e insuficiente. Una solución debatida, negociada y votada mayoritariamente en un referéndum sobre una propuesta concreta y en el que el voto de todos los ciudadanos tenga el mismo valor. Y es que lo de las elecciones plebiscitarias es un invento tramposo y antidemocrático que añade al transformismo la condición trilera.
(publicado originalmente en Tribuna Digital)