viernes, 20 de noviembre de 2015

40 años son muchos pero no suficientes para olvidar

Hace 40 años que murió Franco y esta sociedad aún no se ha enfrentado plenamente a la realidad de haber vivido otros 40 años bajo su dictadura con su inevitable herencia.  La memoria de lo que fue el franquismo sigue siendo una batalla a ganar por y para la democracia. Es por ello que recupero este cuento publicado originalmente en la revista 2 veces breve sobre el terror de la tortura que practicó especialmente la Brigada Político Social sobre las personas que nos oponíamos a ella.



Ilustración de Alfons López


NO QUERÍA CERRAR LOS OJOS

Estaba ahí otra vez, tan real como el dolor físico y tan incontrolable como una pesadilla. No hacía nada, o eso me parecía, que totalmente vencido por el cansancio había cerrado los ojos otra vez, cuando sentía como de nuevo se abría un agujero frío en mi estómago. Era, o así lo veía con la mirada del duermevela angustiado, un pájaro negro, del tamaño de una corneja, que me devoraba con su pico. Sus mordiscos clavaban en mi cuerpo inyecciones de falso vacío que envolvían mis terminales nerviosas con un ácido corrosivo. Enseguida, sus alas se convertían en una capa de, por lo menos, mil medusas ardientes que envolvían mi piel, y que nadaban por debajo de ella a través de un líquido espeso que había sustituido a mis huesos, músculos y órganos. En apenas unos segundos esa masa se convertía en una opresión física que llegaba hasta mi cerebro, y entonces estallaba con claridad el graznido del miedo. Ese miedo que había estado agazapado durante las largas horas anteriores, que había aceptado mi control, pero que ahora en lo que eran tan sólo los primeros escarceos de un ansiado sueño, se liberaba violentamente como un elemento químico que reaccionaba incontroladamente al contactar con el dolor de mi estómago machacado. De esa alquimia surgía la vaga imagen del ave que mutaba de forma bajo el influjo de los recuerdos del día pasado y la amenaza del venidero. En la penumbra de aquella habitación desnuda, tan llena de soledad como de desamparo sentía su torpe aleteo sobre mí, cada vez más cerca, cada vez más agobiante, dueño ya de mis sentidos y cada vez más dentro de mi mente.

En mi torpe consciencia sabía que debía enfrentarme  al pequeño monstruo alado, no sólo alejarlo de mí, o no sólo huir, sino apresarlo y destruirlo y así impedir que volviera a salir de su escondrijo. Ya lo había intentado las otras veces, pero al hacerlo me despertaba y el aprovechaba la ocasión para ocultarse detrás de la aparente claridad que descubría el gesto de abrir mis ojos. Una mirada que sólo encontraba paredes apenas vestidas con una pintura blanca, ensuciada por el tiempo y que la penumbra convertía en gris, el suelo de cemento y el banco de piedra sobre el que me había echado. No había nada más aparte de la puerta, de esa plancha metálica que se convertía en el símbolo de mi encierro, de mi privación de libertad y también, mísera paradoja, de, una tan absurda como frágil, protección. Al cerrarse me había devuelto un espacio de seguridad y de privacidad, aire para respirar, tiempo para recogerme sobre mi mismo, silencio para escuchar mi soledad. No había más, en aquella habitación en la que, comprobaría más adelante, la luz indirecta mantenía el mismo tono vespertino las veinticuatro horas del día. Claro que el día y la noche sólo existían en mi pasado y en el presente de los que vivían en ese otro mundo, al que había pertenecido hasta hacía unas horas y del que me separaban apenas unos metros y muchos muros y barreras que me parecían y eran insalvables. Lo más triste es que ni siquiera me planteaba el regreso a él, me sabía excluido y sólo me preocupaba la inmediatez de resistir en éste. Lo de menos era el dolor de las heridas en las muñecas, o el que no paraba de nacer en los castigados músculos de las piernas, al borde de la contractura, o las sucesivas capas de morado , cada vez más denso y oscuro que cubrían mi estomago. Lo peor era que sabía que en cualquier momento se podía abrir la puerta, lo peor era que yo mismo era una puerta abierta a lo que entonces más temía y más daño podía hacerme: el miedo. Miedo a la violencia, al sufrimiento, al acoso y a la propia debilidad. El miedo, más que el dolor, era el que alimentaba el monstruo que me impedía llegar a la dimensión en la que el sueño es descanso y que me asaltaba una y otra vez con fiereza de pirata que no concede ni tregua ni perdón. Pero los monstruos de la oscuridad no son sino caricaturas que se forman cuando al cerrar los ojos recomponemos sin querer las líneas que nuestros actos han trazado. No pensaba, no quería recordar todo lo que había empezado con la primera bofetada. El golpe seco, dado con gratuidad, con prepotencia fría calculada para convertirla en aviso, en mensaje de desamparo: estás a nuestra merced, no nos cuesta nada pegarte, maltratarte, es fácil, ¿ves?, y se puede repetir las veces que sea necesario, has de comprender que no tienes nada que hacer. No te hagas ilusiones de que vas a aguantar, de que no vas a decir lo que queremos. Si es necesario te machacaremos, pero no a lo bruto, si, es cierto que hay alguno de nosotros que disfruta con esto, tampoco va mal dejar suelto al sádico. ¡Como os asustáis cuando veis sus ojos brillando con una exaltación incontrolable!. Luego os tragáis más fácilmente lo del poli bueno. ¿Quieres un café con leche?, ¿no?, ¿otra cosa?, seguro que no os creéis nuestra amabilidad, pero os agarráis a lo que sea; de eso se trata, de alternar el dolor y el relajamiento, para que cuando empecemos otra vez os haga más daño. No te hagas el duro porque será peor, te pegaremos dos a la vez, o cuatro y cinco en corro, caminarás horas y horas de cuclillas con las manos esposadas por debajo de los muslos, te hundiremos la cabeza debajo del agua de la bañera las veces que sea necesario, hay tiempo, no tenemos prisa, os podemos tener aquí todo el tiempo que nos convenga. Te sentirás sólo, más sólo que nunca, te lo recordaremos cuando hayas bajado otra vez las defensas, cuando te engañes con un espejismo de normalidad y creas que estás hablando tan tranquilamente como lo harías con un conocido, entonces un puñetazo en la espalda no sólo te tirará de la silla sino que te darás de bruces con el miedo, y así todas las veces que queramos. No, no es que esto lo hagamos por ideología, si mañana ganasen los vuestros haríamos lo mismo, porque siempre se necesitará de alguien que guarde el orden, que haga el trabajo sucio. Además sois vosotros los que os lo habéis buscado, quién os manda meteros en estas historias de rojillos, si no vais a ganar nada, si ellos os utilizan, que no veis que vuestros jefes están seguros, viviendo la mar de bien, ¡imbécil!, míralo haciéndose el héroe, no ves que tu s compañeros ya nos han dicho… Y así hasta que mucho tiempo después de que se hiciera de noche mas allá de las ventanas del pasillo por el que me habían llevado hasta la bañera, habían dado por terminada su jornada. Me habían bajado a través de un pequeño laberinto de estrechas escaleras y de pasillos hasta esta celda. Mientras recorría esa mentirosa fuga, los hilos que me tensionaban parecían ceder en su presión, el luchador se merecía un descanso; sólo que ya entonces, disimulado en mi ceguera, me acompañaba el vuelo del ave negra que después me habría de mirar desde el sueño con el reflejo de mi propio espanto.   
            

Pepe Gálvez

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