miércoles, 18 de noviembre de 2015

París en tiempos de guerras encubiertas

Estos días, París es el escenario de la última representación de la barbarie, como lo fue Madrid el 11 de Marzo del 2004. En ambos casos el terror castiga, con crueldad fanática, a los más débiles por el horror generado por los más poderosos. Disparar indiscriminadamente sobre gente que escuchaba un concierto evidencia no sólo la voluntad de matar indiscriminadamente, sino el objetivo de inocular el veneno del miedo en toda la sociedad francesa y buena parte de la europea. No hay justificación posible, es un crimen horrible que además alimentará una espiral de venganzas y reacciones criminales, y dará aún más fuerzas al odio racista y xenófobo que está ya demasiado presente en Francia y en el conjunto de Europa. 
De golpe la ciudadanía se ve señalada como posible victima de guerras que transcurren a miles de kilómetros, con lo que se evidencia la existencia de un perturbador marco de desorden internacional. Vivimos bajo la amenaza de la ley de la codicia de las elites y oligarquías capitalistas y sin la protección de reglas de juego democráticas internacionales y de instituciones que las hagan cumplir. Las instituciones estatales de ámbito nacional, tienen cada vez menos poder político, su agrupación en el caso europeo parece abocarse al fracaso democrático y las instituciones supranacionales como la ONU son inoperantes ante los desafíos actuales. Mientras sigue aumentando la desigualdad brutal, una gran brecha entre un Norte y un Sur cada vez más próximo por las nuevas tecnologías de la comunicación. Añadamos que en cada país del norte europeo está creciendo un sur social de marginación y exclusión social que en el caso francés tiene claras referencias con el pasado colonialista. A ello se une el declive del imperio americano que ve como sus últimas intervenciones militares directas se han convertido en fracasos políticos.
De modo que la historia de la infamia universal no se ha acabado con el hundimiento del bloque de la URSS, sino que se ha agravado al incrementarse el número de estados en ruinas, de sociedades destrozadas por la guerra o por la devastación económica. Todo el Oriente Próximo y el Magreb es una muestra de ese desorden que nos desgobierna. El status occidental se apoya en dictaduras más o menos encubiertas, monarquías con prácticas feudales, y regímenes de apariencia democrática pero corroídos por la corrupción o por el autoritarismo al tiempo mantiene la espiral destructiva de la política israelí. Así, al derrumbe de Afganistan e Irak hay que unir el de Siria y Yemen, la eterna agonía del Líbano, el hundimiento continuo de Palestina, la degradación de Pakistán... Mientras, las cloacas de los servicios secretos han fomentado, con la colaboración del dinero de Arabia Saudita, Quatar, Turquía…  el fundamentalismo islámico que ha devenido en terrorismo global bajo las marcas de Al Quaeda o del Estado Islámico.
Mientras permanezca esa situación de catástrofe, el peligro de acciones  terroristas, indiscriminadas o no, se mantendrá. Ante este peligro vale la pena recordar que tras el 11M el pueblo español reaccionó con prudencia y sabiduría, rechazó el salvaje atentado sin paliativo pero estableció una clara relación de causa con la guerra de Irak. No se puede, sin caer en la demagogia, aislar el atentado de Paris o la matanza del año pasado de Charlie Hebdo, de la barbarie cotidiana instalada en Afganistán, Irak, Siria, Yemen, de la ocupación de Palestina de la ausencia de derechos sociales y políticos en toda la región. No se puede limitar lo sucedido a una guerra no declarada del Estado Islámico, en todo caso es parte de un entramado de guerras, es un exponente del fracaso de la política internacional de Europa, Rusia, U.S.A., Arabia Saudita. No hay escudos militares o represivos que puedan aislar a las sociedades occidentales y especialmente a las europeas de acciones de grupos armados, que en el desarrollo de esos conflictos bélicos han adquirido capacidades técnicas y organizativas y cuentan con apoyo financiero para exportar su acción criminal.
El desorden de los poderosos es la fuente de nuestra inseguridad, la de la ciudadanía que viaja en tren, o en metro que trabaja en una revista, que va al fútbol, a un concierto o a un bar  Desde la izquierda, desde la legitimidad del dolor por nuestros muertos, exigimos la seguridad de la paz, la que nace del equilibrio social y el desarrollo democrático. Es no sólo necesario sino ya urgente consolidar una izquierda europea con una política internacional diferenciada y operativa, con capacidad de convertir la solidaridad, con el Sur del Mediterráneo y el Próximo Oriente, en alianzas que desarrollen propuestas políticas, movilizaciones y alternativas de poder.
(publicado originalmente en Nueva Tribuna)

No hay comentarios:

Publicar un comentario